El año que acaba de culminar volvió a dejar en evidencia la incapacidad de la clase política para encarar la solución de los problemas más elementales que afectan a la población. Una voracidad sin límites, un irrefrenable prebendarismo y el proverbial cortoplacismo de los políticos han demostrado que nuestra dirigencia no está a la altura de las expectativas de la ciudadanía, y tampoco de los retos que plantea la modernidad. 2016, sin embargo, puede ser el año en el que salden la histórica deuda que acumulan con el pueblo paraguayo, abocándose denodadamente a la atención prioritaria de los altos intereses de la nación. Es lo que se espera de aquellos que hace rato están en la mira ciudadana.
Si en algo se caracterizó el año 2015 fue en los malos ejemplos que cundieron en la clase política paraguaya, experta consumada en el triste accionar de privilegiar los negocios particulares de sus integrantes e incrementar sus fortunas personales, las de sus circunstanciales socios partidarios, de sus parentelas y hasta de sus amantes. El pueblo, una vez más, ha sido la víctima principal de ese perverso modelo patrimonialista que impera en la mentalidad de nuestra dirigencia.

Por un lado, la impunidad sigue beneficiando a figuras públicas que están involucradas en actos irregulares, como es el caso del senador Víctor Bogado y del diputado José María Ibáñez, protagonistas de los conocidos casos de la niñera de oro y de los caseros despojados de parte de sus haberes como empleados del Congreso por el segundo legislador en cuestión.

Por otra parte, saltaron nuevos y vergonzosos dosieres de venalidad que demostraron la angurria de nuestros dirigentes y el absoluto desparpajo con el que manejan los recursos que el pueblo aporta al fisco.

Derroches y malversación en el uso de dinero destinado a combustibles en la Policía, una ristra de planilleros en el Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE) y contrataciones irregulares asignadas con exorbitantes sumas de dinero a roscas de funcionarios privilegiados en la Contraloría General de la República y la Universidad Nacional de Asunción (UNA) son algunos de los ejemplos del desmadre administrativo que se evidenció en 2015.

El año que acaba de comenzar es de serios desafíos. Por un lado, comenzamos con el drama humanitario que plantean las crecientes de los ríos y los miles de damnificados que ello trae aparejado, sobre todo en la extensa ribera del río Paraguay. Por otra parte, la situación económica de la región no es la más favorable que se pueda tener. La principal economía del Mercosur, la brasileña, enfrenta un receso de impredecibles consecuencias.

La ineficiencia del aparato estatal y la necesidad de impulsar una profunda reforma que convierta a la administración pública en una burocracia más útil, moderna y transparente; así como un plan de acción que garantice la transparencia de los actos públicos son solo algunos de los graves retos que la clase política paraguaya tiene ante sí en el presente año.

Afortunadamente, 2016 no será un año eminentemente político, por lo cual es de esperar que nuestros gobernantes y el conjunto de la dirigencia, incluida desde luego la oposición, se comprometan a saldar la histórica deuda que mantienen con el pueblo paraguayo.

Esa deuda tiene un norte muy claro hacia el cual orientar la acción: la superación de los escandalosos índices de pobreza extrema y pobreza que convierten al Paraguay en una de las naciones más desiguales del continente americano. Es de esperar que nuestros políticos tomen más conciencia de sus obligaciones, y que 2016 se constituya en un periodo de grandes transformaciones para quienes tienen la responsabilidad de conducir los destinos de la República.



Fuente: Ultima Hora